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Por más palabras, frases y discursos grandilocuentes que la presidenta de México Claudia Sheinbaum Pardo pueda dar, la realidad es más obvia que sus palabras: el vecino del norte la doblega.
Ese poderoso mensaje no viene de mis interpretaciones o de rumores conspirativos: viene de Donald Trump mismo, el presidente de Estados Unidos, publicando en su red social oficial tras la llamada de hoy.
Trump escribió literalmente:
“Tuve una conversación telefónica muy productiva con la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Fue muy positiva para ambos países. Mucho de ello se centró en la frontera, detener el narcotráfico y el comercio. Hablaremos de nuevo pronto, y finalmente programaremos reuniones en nuestros respectivos países. México tiene una líder maravillosa y altamente inteligente — ¡Deberían estar muy contentos por ello!”.
La manifestación más clara de la sumisión de México ante Estados Unidos no está en los elogios públicos ni en las llamadas “cordiales”, sino en dos acciones concretas y verificables que marcaron un antes y un después en la relación bilateral.
Primero, la detención en territorio mexicano del llamado “Chapo de Canadá”, una captura que, por su complejidad operativa y por los tiempos en que ocurrió, deja más preguntas que respuestas sobre la participación directa o indirecta de fuerzas estadounidenses en suelo nacional, algo que el discurso oficial se empeña en negar, pero que en los hechos se toleró.
Segundo, la orden política de dejar de enviar petróleo a Cuba, una decisión que no responde a una estrategia energética nacional ni a un interés económico de México, sino a una exigencia histórica de Washington, cumplida sin debate público, sin explicación técnica y sin defensa del principio de autodeterminación que tanto se presume en tribuna.
¿Y cuál fue la concesión de Estados Unidos a cambio de estas cesiones estratégicas?
Una sola, pero de enorme peso político: no proceder —por ahora— contra los políticos mexicanos de Morena vinculados al crimen organizado, los mismos que, de acuerdo con investigaciones periodísticas y señalamientos internacionales, financiaron y facilitaron la llegada al poder tanto de Andrés Manuel López Obrador como de Claudia Sheinbaum Pardo.
Esa es la ecuación real.
No es cooperación, es intercambio.
No es diplomacia, es condicionamiento.
No es soberanía compartida, es soberanía negociada a puerta cerrada.
Por eso, cuando Donald Trump elogia a Claudia Sheinbaum como una mujer “inteligente” y “maravillosa”, no habla como un par, habla como quien reconoce a alguien que entendió perfectamente “lo que le conviene”. Y en esa frase, breve pero demoledora, queda expuesto el verdadero estado de la relación: México de rodillas, mientras Estados Unidos dicta las reglas..
La historia no absolverá a quienes cambiaron soberanía por impunidad.
No habrá discurso que tape los hechos, ni mañanera que borre los acuerdos hechos en lo oscuro.
México entregó territorio, política exterior y dignidad, y a cambio obtuvo silencio.
Silencio para los nombres.
Silencio para los expedientes.
Silencio para los políticos de Morena que llegaron al poder montados sobre dinero manchado de sangre.
Donald Trump no elogió a Claudia Sheinbaum por cortesía: la reconoció como quien entendió las reglas del amo.
“Inteligente”, sí… para obedecer.
“Maravillosa”, sí… para ceder.
Hoy la soberanía no está en riesgo: ya fue negociada.
No fue invadida: fue entregada.
No cayó por la fuerza: se arrodilló voluntariamente.
Y cuando la historia pase lista, no preguntará quién habló más bonito,
sino quién bajó la cabeza
y quién permitió que México se gobernara desde Washington.
? Zarpazo.
La verdad duele… por que desgarra la soberanía de un país entero.
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