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Por Armando Maya Castro: Nada es Para Siempre

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Nada es Para Siempre

Por Armando Maya Castro

“A menudo en los más oscuros cielos es donde vemos las estrellas más brillantes”. La frase del historiador y profesor británico Richard Evans nos ayuda a entender que en la adversidad no todo es oscuridad, y que muchos de los infortunios vienen acompañados de cosas buenas. Lo importante es tener la capacidad de verlas y mantener encendida la esperanza, lo que nos ayuda a proseguir en vez de paralizarnos y sucumbir ante los embates de la adversidad.

Los serios problemas derivados de la pandemia por el coronavirus afectan al mundo entero en diferentes maneras. En el aspecto psicológico, el virus ha impactado negativamente a un sin número de personas por el prolongado confinamiento; por la situación crítica que prevalece en los hospitales, que impide visitar a quienes han requerido hospitalización; por la imposibilidad de velar a los fallecidos; y por los problemas económicos y de desempleo que la paralización económica ha traído consigo.

Aparte del elevado número de contagiados y fallecidos por el Covid-19 (más de 10 millones de contagios en el mundo), enfrentamos también un fuerte impacto psicológico, tal como lo advirtió el pasado 26 de marzo la Organización Mundial de la Salud (OMS), que aconsejó atender la situación con “medidas imaginativas”.

Hans Kluge, jefe de prensa de este organismo, habló en esa ocasión de los problemas psicológicos que el coronavirus está ocasionando, así como de los desafíos que afectan a los seres humanos en medio de la contingencia sanitaria: aislamiento, distanciamiento físico, cierre de escuelas y centros laborales, medidas que, al extenderse más de lo imaginado, provocan en los seres humanos estrés, ansiedad, miedo y soledad.

Para salir bien librados de esta situación, es importante adoptar una actitud correcta frente a la adversidad, aprender a desenvolvernos en medio de ella, y pensar que nada es para siempre.

Si respondemos a la problemática de manera distinta, corremos el riesgo de que se apodere de nosotros el desaliento y la desesperanza, sentimientos que pueden producir depresión, ansiedad y estrés. Para nadie es un secreto que este tipo de trastornos emocionales pueden ser en algunos casos leves, pero en otros muy graves.

Preocupan las notas periodísticas que señalan que algunos de los suicidios ocurridos en varias regiones del mundo en los últimos tres meses se deben al desempleo y a los problemas económicos provocados por la falta de ingresos por concepto de ganancia, comisión, sueldo, salario, jornal, propina, etcétera. Algunas personas, al perder su trabajo, se sumergen en un estado de honda preocupación, pensando de manera permanente en las cosas malas que, como consecuencia de la situación, pueden sobrevenir en agravio suyo y de su familia.

Por el significativo deterioro psicológico que produce en las personas los problemas derivados de la crisis sanitaria, las autoridades de gobierno están obligadas a prestar mayor atención a los problemas de salud mental de la población, principalmente de los más afectados por la difícil situación actual.

Pero no se trata de dejarle todo el trabajo a las autoridades civiles y sanitarias. Usted y yo tenemos que hacer la parte que nos corresponde, teniendo presente que, en cualquier situación de adversidad, por grave y prolongada que sea, lo único que puede salvarnos es la esperanza. Sin ella se extingue el ánimo y se produce una rendición fácil ante los problemas de la vida, sin presentar batalla en las horas más oscuras.

México tiene una larga historia, y a través de ella hemos sido testigos de la forma valiente en que nuestro pueblo ha salido triunfante de cada crisis social o económica que se ha presentado. Lo más importante de todo es que hemos superado esos tiempos difíciles dejando de manifiesto la unidad, la solidaridad y el humanismo de nuestra gente.

La movilización de la sociedad civil en la década de los años ochenta, a fuerza de unidad y solidaridad, puso de pie a México luego del terremoto del 19 de septiembre de 1985, el más catastrófico e intenso en la historia del siglo XX (8.1 grados en la escala de Richter).

La espontanea organización y solidaridad de los mexicanos –ante una respuesta gubernamental insuficiente– hizo maravillas en aquel suceso fatídico que destruyó parcialmente la Ciudad de México. El movimiento telúrico devastó la zona centro de la capital de la República y dejó a su paso miles de muertos, heridos, desaparecidos y damnificados. Destruyó cientos de edificios, pero no la unidad del pueblo de México, una virtud que le permitió levantarse de sus cenizas como el Ave Fénix.

Estoy totalmente convencido de que lo mismo sucederá al término de la presente crisis sanitaria, muy a pesar del desgaste que produce la confrontación política del momento, la cual es necesario dejar atrás por bien de México.

Twitter: @armayacastro

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