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Por Armando Maya Castro: Lutero y la Intolerancia

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Lutero y la Intolerancia

Por Armando Maya Castro

Tras la publicación de las 95 tesis de Martín Lutero, clavadas el 31 de octubre de 1517 en la puerta de la Capilla del Castillo de Wittenberg, en respuesta al cobro de las indulgencias por parte de los jerarcas del catolicismo de aquella época, el arzobispo de Maguncia hizo saber al papa la actitud del monje alemán y lo grave de la situación, ya que los partidarios de éste eran muchísimos.

En un principio el papa minimizó la situación, subestimando las críticas y el proceder del agustino: “Lutero es un alemán borracho. Cambiará de opinión cuando esté sobrio”, expresó el papa León X, interesado en recabar dinero para construir la Basílica de San Pedro.

En aquel tiempo, el máximo jerarca de la Iglesia católica había autorizado al monje Juan Tetzel para que recaudara “todo el dinero y demás riquezas que fueran posibles para la construcción de la basílica”. De esta manera, el papa echó al olvido la siguiente enseñanza elemental del apóstol Pedro, de quien decía ser sucesor: “el don de Dios no se compra con dinero”. La construcción de esta basílica duró 170 años, bajo la dirección de 20 sumos pontífices, se afirma en el libro Vida de Santos IV.

Cuando el papa se dio cuenta que el proceder de Lutero era mucho más que una ebriedad fugaz, se propuso silenciarlo a través de sus superiores regulares, creyendo equivocadamente que así obtendría la retractación del autor de las tesis.

Esto tampoco detuvo a Lutero, quien –todavía con respeto– envió a León X una carta que incluía un estudio sobre las indulgencias. En junio de 1518, se le abrió en Roma un proceso por difundir errores en sus sermones, sin lograr extinguir los vientos de cambio que para esas alturas soplaban muy fuerte.

El 15 de junio de 1520, la Iglesia romana condenó las opiniones de Lutero y sus simpatizantes. Un año más tarde, el 1 de enero de 1521, el papa León X expidió la bula que impuso al reformador la pena eclesiástica más grave: la excomunión.

A partir de entonces, el reformador alemán quedaba privado de los “beneficios y privilegios” que trae consigo el vivir en comunión con la catolicidad. Tres meses después de haber sido excomulgado, el emperador Carlos I convocó a Lutero ante la Dieta de Worms, pero al no lograr su retractación, lo condenó al destierro.

Los intentos del clero fracasaron ante un Lutero que defendía con firmeza y pasión sus ideas, y quien había anticipado que sólo se retractaría si rebatían sus teorías a la luz de las Escrituras y de la razón, cosa que ningún teólogo católico pudo hacer. Semanas después, el emperador Carlos I, a través del Edicto de Worms, condenó la posición teológica de Lutero, prohibiendo asimismo la actividad de los luteranos.

Fue en aquella época cuando surgió el término “protestantes” que se aplica a las comunidades que se separaron de Roma. Todo empezó en la dieta (asamblea legislativa) celebrada en la ciudad de Spira, en 1529. Y es que, en esa ciudad situada a orillas del río Rin, en el suroeste de Alemania, los discípulos de Lutero formularon diversas protestas. Estas se debían a un decreto católico, de acuerdo con el cual, en las regiones de mayoría protestante, el catolicismo debía ser tolerado, pero en los lugares de mayoría católica, los luteranos no serían tolerados.

Esto hizo que cinco príncipes de Alemania promulgaran una protesta por el decreto que pedía tolerancia para los católicos, e intolerancia para los no católicos. Y fue justamente por las protestas de los príncipes alemanes, a las que se unieron catorce ciudades, que a los luteranos se les empezó a denominar protestantes, un término que nace de la intolerancia religiosa que prevalecía en la época.

Lamentablemente, la intolerancia que afectó a Lutero terminó siendo practicada por él mismo y sus seguidores. El escritor Juan Paz Solorzano señala que “las antiguas leyes del imperio contra los herejes fueron aplicadas por los príncipes luteranos con el mayor rigor en daño de los anabaptistas. Lutero mismo era infatigable en excitar a la autoridad civil al exterminio de éstos”.

Los anabaptistas eran un movimiento religioso que se oponía, entre otras cosas, al bautismo infantil. En el sometimiento de éstos al mando de Thomas Müntzer, el reformador Martín Lutero procedió con evidente intolerancia. El historiador Williston Walker refiere que a través del panfleto “Contra las hordas de campesinos asesinos y ladrones”, Lutero exigió “que los nobles los aplastaran con la espada”. Veit Valentín es otro historiador que descalifica el proceder de Lutero cuando afirma: “una labor pacificadora hubiera respondido mejor al espíritu del Evangelio que semejante rugido rencoroso”.

En un principio Lutero veía al pueblo judío con buenos ojos; sin embargo, posteriormente denunció a este pueblo “y alentó a sus compatriotas en su persecución”, un dato que dice mucho de la intolerancia y antisemitismo de Martín Lutero.

Twitter: @armayacastro

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