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Por Armando Maya Castro: Dios y el arte

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Dios y el arte

Por Armando Maya Castro

Se ha dicho en más de una ocasión que “arte no es lo que ves, sino lo que haces a otros ver”. Se ha afirmado también que la meta del arte es revelar el arte y ocultar al artista.

Etimológicamente, la palabra arte proviene del latín ars, artis, equivalente al término griego τέχνη (téchne: técnica), que significa arte, maña, manera de hacer algo. En la Antigua Grecia la téchne designaba la “producción” o “fabricación material”, la acción eficaz.

El término arte se ha asociado siempre con lo creativo, incluso si lo artístico no figura entre las llamadas bellas artes, como son la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la declamación y la danza.

Bajo el significado plasmado en el segundo párrafo de mi columna, existe arte en todo lo que el hombre recrea estéticamente, como puede ser la creación de un dibujo, la construcción de un objeto o el idear una poesía. En la antigüedad el término era usado para referirse a oficios como la herrería, y a disciplinas como la poesía, la pintura o la música. Se trata, en definitiva, de aquellos procesos manuales en los que se aplican criterios, reglas o técnicas capaces de crear y satisfacer la búsqueda de deleite visual y auditivo por parte de los seres humanos.

El arte como medio de expresión del individuo tiene presencia universal, pues en todo el mundo y en todas las culturas, y desde que Dios creó el universo, el hombre ha creado cosas que son admiradas por sus semejantes. Cada una de las creaciones artísticas del hombre contribuye a la realización del fin supremo del hombre, que es la felicidad, decía Aristóteles.

Respecto a las palabras del filósofo griego, el escritor Wladyslaw Tatarkiewicz, investigador de historia de la filosofía, del arte y de estética, señala:

“El arte proporciona placeres de diversos tipos, consiguiendo esto mediante la liberación de las emociones, una hábil imitación, una perfecta ejecución, o el empleo de hermosos colores y sonidos. Proporciona placeres no sólo sensoriales, sino también intelectuales, e incluso estos últimos son más intensos. Además, el tipo de placer depende del género de arte de que se trata…”.

En el afán de ensalzar la creatividad del artista, algunas personas han llegado a afirmar que el arte que los hombres crean los asemeja a Dios. Difiero absolutamente de tal opinión porque el hombre, para crear algo, necesita materia prima, en cambio Dios, creador incomparable de materia y vida, ha hecho de la nada todo lo que existe, como lo demuestra el siguiente texto bíblico:

“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos 11:3).

Hablamos de una creación que ha complacido a través de los tiempos la exigencia visual y auditiva del hombre, una creación en la que el mismo Dios encontró satisfacción plena cuando la analizó y vio que todo lo que había creado era bueno, y nada es de desecharse:

“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:23)

Ningún pintor, ni siquiera el más diestro en la historia del arte, puede colorear un amanecer con toda su magnitud de fantasías y colores como lo pinta Dios. Tampoco puede ningún artista pintar un atardecer espectacular, como cuando el sol baja al ocaso por la curva del cielo y deja una estela de color bermellón. Toda creación divina es belleza incomparable y reflejo del inmenso poder de Dios:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmos 19:1).

El arte que Dios empleó al crear los cielos, la tierra y las cosas que en ellos hay, evidencian su grandeza inalcanzable, tal como lo reconoció el salmista David al poner en contraste la grandeza de Dios con la insignificancia del ser humano:

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Salmos 8:3-4).

Quiero señalar por último que la capacidad y el talento proceden de Dios, quien ha otorgado a los seres humanos facultades estéticas para crear, tal como lo dice la Biblia: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, con el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17).

Es así hoy como en el pasado bíblico, donde encontramos a hombres como Bezaleel y Aholiab, capaces de inventar diseños en diversos materiales, y de quienes dice Dios: “Y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte” (Éxodo 31:3).

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